Voy corriendo en alguna parte de la milla 17 (o sea llevo más de 27 kilómetros) en la Primera Avenida de Manhattan, todavía me faltan 9.2 millas (¡cómo 15 kilómetros!) para la meta en Central Park.
Es mi primer maratón en New York, también el primer Maratón en la vida. Siento que se me acaba la gasolina, un cansancio que no entiendo me toma desprevenido y parece que comienzo a arrastrar un poco los pies, llegando a un ritmo mucho menor del que traía hasta ahora. Es el Primer domingo de noviembre del año 2006.
Unos once meses atrás, ante la tendencia creciente de la curva de mi estómago y un nivel de ejercicio tan bajo que me cansaba caminar de la oficina al baño, decidí por voluntad propia y con confianza en entredicho que iba a correr el próximo Maratón de Nueva York.
Escribo Maratón con mayúscula porque esta carrera es de 26.2 millas o 42.195 kilómetros, en la unidad de medida que lo quieran ver, a lo gringo o como ¨the rest of the world¨ lo entendemos. El punto es que es bien larga la vaína, no es una carrera de 5 o 10 K que ahora están tan de moda y más de uno las llama Maratón.
El Maratón de Nueva York recorre los cinco municipios de la ciudad, realmente espectacular, con público que te hace sentir un rockstar en todo el recorrido, pasando por barrios latinos, judíos, negros o por áreas primordialmente turísticas.
La gente está por todos lados y te jala a terminar la distancia, únicamente en los cinco puentes que hay que cruzar quedan los competidores solos. Los puente son una desgracia, sin público en las subidas más complicadas de la carrera.
Un par de millas atrás entré al Queensboro Bridge que une a Queens con Manhattan y constituye una de las más duras pruebas. Subo, subo y subo, me pregunto cuándo carajo empieza a bajar este bicho. El GPS de mi reloj se vuelve loco porque sobre mi cabeza está el segundo nivel del puente, es como un techo que también hace que el sol y la luz pierdan su intensidad. Después de minutos interminables finalmente empieza la bajada… pongo las piernas en neutro y me preparo a la entrada gloriosa a Manhattan, en una curva llena de gente que marca la milla 16 de la carrera.
Cuando irresponsablemente decidí que iba a correr el Maratón, comencé a estudiar, a entender cómo se entrena para eso, necesitaba lograr pasar de cero a 42 kilómetros en once meses. Intervalos de tres minutos trotando y dos minutos caminando es lo que mi corazón y mis piernas aguantaban al principio. Poco a poco y semana a semana fui evolucionando hasta poder correr unos tres kilómetros seguidos caminar un minuto y medio y volver por tres kilómetros más, una técnica que saqué del libro de Mr. Galloway que me permitió pensar que podía completar este reto.
Aprendí que el entrenamiento lo es todo. Que hay que entrenar todo. Cuántos minutos correr, cuántos minutos caminar. Cuándo tomar agua y cuánta, cuándo beber Gatorade y cuánto. Cuándo comer. Qué hago si tengo que hacer pipí, dónde consigo en Nueva York el arbolito que regaba en mis meses de entrenamiento en Caracas. Qué como la noche anterior, cómo hago para dormir con los nervios y la emoción a millón. En fin, en una carrera que, para mi velocidad, de seguro tomaría cuatro horas largas, no se puede dejar nada al azar, hay que practicar todo y estar preparado para la llegada de los imprevistos.
Entrando en Manhattan me siento invencible, todo un atleta corriendo en el corazón del mundo. Llego a la larga Primera Avenida, a la milla 17 donde me espera agazapado el temible imprevisto. “Por qué siento está debilidad, yo ya he corrido está distancia sin problemas en mi entrenamiento”, mi cerebro empieza a molestar, empieza a mandar mensajes de “quizás no puedes, puede ser que sea mucho para ti”… De pronto me doy cuenta de algo muy obvio y sencillo, ¡lo que tengo es hambre!
Redondeando, el Maratón de Nueva York arranca como a las diez de la mañana, algo que entiendo los organizadores hacen para contar con una temperatura un poco más amigable para las miles de personas que se aventuran a correr entrado el otoño en la ciudad. Mi entrenamiento fue siempre muy temprano en la mañana, arrancando máximo a las seis, estando de regreso en casa luego de mis jornadas más largas a eso de las diez.
De regreso a donde comenzó esta historia, en la milla 17, más o menos la una de la tarde, -esto no lo entrené, es la hora del almuerzo, ¡lo que tengo es hambre! – Pánico… -qué hago ahora… – veo el túnel humano que hace el público en ambos lados de la Primera Avenida en busca de ideas, nada… – ¿Será que me desmayo del hambre? – Levanto la mirada y la veo, como caída del cielo, una señora gringa de pelo cano, (puedo jurar que tiene como un reflector de luz encima), con una bandeja full de naranjas cortadas en cuatro grandes gajos, tomo uno y me lo meto a la boca como si fuera un protector de boxeador. ¡Qué vaína tan buena! Sabrosa y refrescante, mi cuarto de naranja me devuelve el alma al cuerpo. Al voltear para dar las gracias, sin parar de correr, no puedo ver a la viejita, pero si veo cientos de cáscaras de naranja tiradas en el pavimento.
Terminé exitosamente mi primer Maratón en 4 horas y 44 minutos. La viejita no sabe lo que significó para mi carrera ese día. A veces dudo si de verdad existió, si me la inventé para poder llegar al final, si fue una aparición divina. El ataque de hambre que no estaba en los cálculos ni fue incluido en el entrenamiento y que pudo haber terminado con mi Maratón, terminó siendo un momento estelar de la carrera.
Tres años y dos Maratones más tarde, volví a Nueva York a correr. El Queensboro estuvo más largo que nunca, sin embargo, yo estaba bastante más tranquilo y seguro con el apoyo de la experiencia en mis piernas y en mi cabeza. Al llegar a la Primera Avenida enfoque mi mirada en el suelo, no demoré mucho en ver el color naranja de las conchas resaltar en la calle, levanté la mirada y allí estaba otra vez, sosteniendo su bandeja. ¿O será que la imaginé?
Mi lindo… Me encanto viajar en tu experiencia… La narrativa es inspiradora y me llevo a verte corriendo tal y como te recuerdo, expresando con tus ojos la gratitud, lo extraño y la alegría de todo lo que era esa gestión que te autoinvitaste, nada menos que un K40 …me encanto la parte de la buena viejita que té dió las naranjas… Espectacular…para mi eres un gran escritor.
Mil felicidades
Me gustaMe gusta
Correr detrás del camión de Harina Pan se puede considerar un maratón? Jajaja es broma.
Te salvó la naranaja entonces! Un abrazo
Me gustaMe gusta
Jorge Felicitaciones. El deporte es un oxígeno para la mente. Nos deja grandes enseñanzas para el logro de nuestros sueños pues dependeran de la constancia, disciplina, motivación, exigencia, reto, gozo.
Me gustaMe gusta
Jorge este es el resultado de la constancia, disciplina, motivación y transparencia que te ha caracterizado
Me gustaMe gusta
Muy bueno ese cuento en el que se ve claramente lo importante y satisfactorios que fueron para ti esos maratones ,estoy segura que en el maraton de la vida habran muchos gajos de naranja a tu alcance y muchas viejitas (entre ellas yo) para dártelos .
Me gustaMe gusta
Me encanta como escribes Jorge me parece escucharte contar la historia. Un abrazo
Me gustaMe gusta
Qué buen relato Compa! No sólo nos permitiste acompañarte en tu Marathon , sino también en su preparación. Al mismo tiempo me inspiras a buscar nuevos retos y prepararme para lograrlos! La manera en que nos muestras tus pensamientos, dudas y emoción hace que sea imposible no conectarse con tu relato! Gracias por compartirlo
Me gustaMe gusta
Muy bueno tu relato, al empezar a leerlo me transporte como si estuviera allá . Que mensaje tan bueno les dejas a los que se quieren iniciar. Te felicito.. Me encantaría que pensaras en serio escribir y publicar, en tus ratos libres . Estoy segura llegarías muy lejos . Felicitaciones por lo que lograste en ese Maratón .
Me gustaMe gusta
Excelente relato de un «runner» ( como le dicen a la tribu por aqui .. de un principiante…abrazos
Me gustaMe gusta
Bro, lo leí hace tiempo y estaba pendiente de comentar…. buenísimo como siempre, Proud of You
Me gustaMe gusta