Una guía de viaje a la Carrera…
Solo en Nueva York por apenas una noche, sí que se puede ver todo y un poco más.
No pretendo ser TripAdvisor o competir con la guía de viajes de Lonely Planet, pero, en este mundo tan interconectado, una de las
grandes ventajas del medio electrónico es tener a la mano las experiencias de cualquier persona, el rating acerca de casi cualquier cosa y la opinión transparente de quien no tiene mayor interés que compartir su experiencia y, ojalá, contagiar una buena idea para conocer una ciudad como NY.
Aprovechando una reunión que arranca un lunes en Short Hills, New Jersey, un pueblo que para mi entender el atractivo que tiene es un buen hotel al lado de un mall triple A cuya tienda más barata es Cartier, me aventuro a pedir permiso a mi mujer (como todo disciplinado macho), para salir desde el viernes a medianoche y no perder la oportunidad de estar en NYC aunque sea unas horas y «on my own».
El vuelo sale a la una de la mañana y de las cinco horas y media de duración creo que apenas duermo como 90 minutos. La silla del avión y una muy interesante (contra todo pronóstico) autobiografía de André Agassi se confabularon para que así fuera.
Aterrizamos en el JFK viendo el amanecer desde la ventanilla. Salgo como un cohete desde la retaguardia del avión, pasando a mis compañeros de viaje a ritmo de mexicano en caminata olímpica, quiero ser el primero en la fila de inmigración, quiero llegar ya a Manhattan. No hay casi fila, ya me imagino montado en el taxi, no contaba con que el funcionario de la TSA, con quien había tratado de mostrar toda la simpatía que no tengo, me invitaría a pasar al temido «cuartico».
Entregó mi pasaporte a otro funcionario que por color y tamaño parece que juega basket con los Knicks. Me pregunta por mi esposa (él como que no cree que me haya dado permiso), por mi mamá y mi papá, me pide mis datos personales, anota que soy pelón, de ojos verdes, me pregunta la altura y el peso que le doy en metros y kilos (porque no me sé la conversión) y para que el gigante trabaje un poco. Finalmente me ofende escribiendo que mi poco cabello era negro y gris.
Por mi apuro de salir del aeropuerto ni pensé en pararme al baño, ahora en el «cuartico» llevo casi una hora apretando las piernas y practicando técnicas de respiración después de que otro simpático funcionario me dijo que el baño estaba «out of order». Llamaron al doble de Shaquille O´Neal por su batifono y luego de estampar el sello de entrada en la mitad de la página de mi pasaporte venezolano (cosa cualquier compatriota que le toque viajar mucho puede entender causa gran dolor y grima), me dijo sin ninguna otra explicación «Guelcom».
En menos de cinco minutos estaba montado en el taxi, pues para aprovechar el tiempo andaba con maleta de mano y a eso de las ocho de la mañana ya estaba en mi hotel.
Como estaba solo y sólo iba a dormir allí una noche, tenía reservada una ganga de 195 dólares la noche (sí, en NY es una ganga) en un hotel «boutique» de nombre Pod51. Mi habitación para una persona parece camarote de crucero (del más económico posible), limpio eso sí, para moverme tenía que pedirle permiso al televisor y a la caja fuerte. Caigo en cuenta de que tiene el lavamanos al lado del closet y por más que busco no encuentro ni el WC ni la
ducha… Baño compartido con los vecinos del piso catorce (hay que leer las letras pequeñas en las condiciones de la reserva), para comodidad de todos mis vecinos me ofrezco de voluntario anónimo y decido no ducharme hasta que llegue a Short Hills, mañana en la noche.
Superado el shock inicial salgo a la calle a disfrutar de la ciudad con un ataque grave de hiperactividad que me da cada vez que voy.
Primero lo primero, diligencias en el Bank of America, buscando una oficina de Fedex abierta para enviar una correspondencia a Miami y una de T-mobile para comprar un nuevo simcard gringo porque el último lo guardé tan bien, pero tan bien, que no lo conseguí.
Mi viaje con sólo maleta de mano implicó el no traer algunas prendas que necesitaba para mi reunión del lunes. Por eso, todo el proceso de turismo se ve condimentado con la búsqueda de unos pantalones y una camisa.
Compro mi subway pass de 20 dólares y me lanzo al sur de la isla. La vista espectacular
del Brooklyn Bridge únicamente bloqueada por el increíble tráfico de turistas a pie y en bicicleta, Wall Street y su Toro domesticado ahora por una niña, Southstreet Seaport, Ground Zero y sus tristes piscinas, Paragon Sport parada obligada para los que nos creemos
deportistas, Eataly que sólo fue entrar y salir huyendo del caos por el gentío, Fifth Avenue, Rockefeller Center, la NBC store para comprarle la franela de Friends a mi ahijada… Todavía es sábado.
Me esperan en Queens los Mets de New York que juegan contra los Marlins de Miami. El subway demuestra nuevamente ser el transporte más eficiente, llueve en el juego, lo suficiente para una suspensión de
unos 20 minutos, lo suficiente para que unos cuantos gringos se fueran a su casa y yo fuera paulatinamente moviéndome de silla, bajando y bajando cada vez más cerca del terreno, con mi hamburguesa de Shake Shack en el estómago, mi vodka Tito en una mano y el trasero mojado de tanto secar las sillas. Después del out 27, me quedó dormido en un subway expreso hasta Grand Central, graduándome de New Yorker.
Domingo, la primera acción del día es pedir late checkout al hotel para que me rinda. Desayuno en un diner que está en el hotel Wellington que me trae muchos recuerdos pues allí nos quedamos en el 2006 cuando corrí mi primer maratón. Como estoy solo me salto la fila (cual single rider en parque de Orlando) y me como huevos y panquecas en la barra.
Central Park es un hervidero de actividad física, cualquier deporte que se puedan imaginar. Decido neutralizar mi hiperactividad y me siento a ver con calma una «caimanera» de softball, algo que sé que mucha gente puede no entender, pero que para mí resultó dentro de los highlight del paseo. De salida veo a unos turistas compatriotas tomándose fotos en la estatua de Bolívar, asumiendo que todo militar a caballo es Simón, la verdad es que la de El Libertador estaba como a dos cuadras del lugar.
Apple y Nike Store me halan como imán y aprovecho para comprar unos regalitos para llevar a Bogotá.
Tengo que correr al Pod51 pues estoy late para el late checkout. Llego con la lengua afuera, dejo maletas con los botones y me voy a Times Square donde me siento a escuchar un concierto de unos niños de New Jersey en la mitad de la calle, contagiados del talento que Broadway deja en el aire de esa zona.
Buca di Beppo es el elegido para almorzar. La lasagna individual es como para cinco personas y,
sin embargo, me la como completa, remato con un helado de chocolate chip cookie dough en el único Ben & Jerry´s de Manhattan (creo…).
Todavía no he comprado la ropa de la reunión. Contra mi voluntad y creencias termino metido en Macys que está de gente como si fuera black friday… El pantalón termina siendo una talla mayor de lo estimado.
Finalmente voy en el Uber que me saca de Manhattan y me lleva directo a la ducha de la habitación en mi hotel de New Jersey. Sobreviví las 37 horas de turismo, con tres kilos más a pesar de haber caminado 21 kilómetros el sábado y 14 el domingo.
Espero haberles abierto la curiosidad o las ganas de repetir NYC… Como recomendación final, algo sí me queda muy claro, el tiempo rinde demasiado cuando uno está sólo, pero tener al lado gente querida para comentar todas estas pendejadas que me tocó escribir, no tiene precio… La próxima me llevo a mi Negra.