Echarle pichón, pero sin dar papaya

Seis y media de la mañana, dos adolescentes esperan en una concurrida calle de Bogotá el autobús que los llevará al Colegio. Andan despreocupados y distraídos, una chateando con su celular en la mano, mientras el otro escucha música producida por el mismo aparato de la manzanita. Un ciclista afortunado decide no pelar la oportunidad del papayazo ofrecido… Dos celulares en un solo atraco, promoción 2 x 1. Papaya wordpress

 

Colombia y Venezuela están irremediablemente unidas por su historia en común, por su frontera en común que algunos se empeñan en cerrar, por el ir y venir de su gente de aquí para allá, por Simón y Atanasio que nacieron de un lado y murieron en el otro. Por tanta gente que en distintas épocas ha inmigrado o emigrado dependiendo de cómo sopla el viento, por tantas familias que llevan en su sangre el caudal del Orinoco mezclado a la perfección con la fuerza del Magdalena.

Cuando uno decide mudarse de su país, cuando su país está en las terribles condiciones en las que Venezuela está, no se puede más que agradecer a Dios infinitamente por la oportunidad, no se puede más que agradecer a los colombianos por recibirnos (unos más contentos que otros) y hacer el mayor esfuerzo para adaptarse rápido a esa nueva vida que en muy poco tiempo se convierte en propia y se aprende a querer.

El nivel de inseguridad en Venezuela llega a límites insoportables. El toque de queda autoimpuesto, los niños agarrados con dolorosa tensión de la mano de sus padres en cualquier sitio público, los ratos libres limitados a un Centro Comercial, a la casa de los abuelos, los vidrios oscuros del carro que no evitan el escalofrío en la nuca cuando se te para un motorizado al lado. Tantas las precauciones, tanto  el miedo, que, en nuestro afortunado caso, los astros se alinearon por mucho tiempo y los dos adolescentes no vivieron la mala experiencia de conocer al hampa cara a cara en Venezuela.

Viviendo en este tenebroso ambiente es que un buen día decidimos “echarle pichón”. Nos vamos a vivir a Bogotá en busca de una mejor calidad de vida. Un poco de cultura popular venezolana, echarle pichón significa hacer un esfuerzo para lograr algo, viene de muchos años atrás cuando para extraer agua se utilizaban unas bombas que requerían empujar una palanca y nuestra omnipresente influencia gringa colocaba “push on” en las instrucciones, lo que derivó en la común expresión.

Le echamos pichón y llegamos a Bogotá. En una de las primeras oportunidades que vi a mis hijos adolescentes cruzar una calle tuve un primer descubrimiento: no tenían ni idea, no sabían a dónde voltear, ni calculaban que tan lejos o rápido venían los carros. El caso es que no tenían experiencia, en Venezuela no cruzaban la calle, la situación de inseguridad y unos padres sobre protectores no se lo permitían.

Poco a poco fueron aprendiendo, agarrando confianza, haciendo muchas cosas por primera vez. Caminando solos al gym o a la peluquería, ¡fin de mundo!, ir a la cancha de baloncesto que queda a tres cuadras, quedarse en casa de noche mientras los padres disfrutan de una cena afuera. Cosas básicas y cotidianas para mucha gente en el mundo se convierten en cosas extraordinarias.

Algunas cosas, sin embargo, toca aprenderlas de una forma no tan fácil. Aquella mañana entendieron en carne propia que era eso de “dar papaya a alguien” o de no darla. Si estuviera en el diccionario, se definiría como ofrecer innecesariamente la oportunidad de que suceda algo por pecar de imprudente, inocente, descuidado o todas la anteriores. Esta expresión es parte de la vida colombiana y su origen tiene un par de explicaciones: la papaya ha sido relacionada en Cuba y otros países con el órgano sexual femenino (entonces, obviamente, se recomienda no darla así como así), la segunda versión nos lleva de regreso a Venezuela donde la palabra es sinónimo de algo fácil de obtener supuestamente por la facilidad con que se cosecha este fruto.

Uno se acostumbra rápido a lo bueno, Bogotá es hoy día una ciudad bastante segura y para nosotros los caraqueños eso ha sido un cambio del cielo a la tierra. Por eso un día los padres decidimos que no hacía falta acompañar a esos tarajallos a la esquina de la ruta, por eso ellos no sintieron el menor temor de estar exhibiendo sus celulares, por eso el ciclista choro hizo su día bien temprano.

En esta ciudad persisten los guardaespaldas y carros blindados, aquí una multitud de militares y policías vigila los lugares donde vive gente importante, aquí la industria de la seguridad que floreció con la dura época de los años noventa es muy difícil desmontar. Precauciones que parecen fuera de proporción en la Bogotá de hoy día y que provoca exportar a Venezuela. Sin embargo, fue aquí donde mis hijos violaron una máxima, dieron papaya y entregaron sus preciados celulares a un ratero que los amenazó con una pistola en su mochila, muy probablemente inexistente, pero que, inteligentemente, prefirieron quedarse tranquilitos y no tentar al destino por confirmar su existencia, por si las moscas…

Entonces, nos toca seguir echándole pichón, sin miedo, pero sin dar papaya… Que cómo dicen por aquí estamos en Cundimarca no en Dinamarca.

 

2 comentarios en “Echarle pichón, pero sin dar papaya

  1. Esas experiencias son las enseñanzas de la vida, en mi pais siempre decimos donde fueres haz lo que vieres y si vas a Roma haz como los romanos. Estoy segur que tus hijos aprendieron a dar el pichón pero no la papaya. Voy a copiar tu cuento corto en mi pagina de facebbok, para que otros aprendan.

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