Guía de viaje condimentada con réptil
Cómo creer que no es publicidad engañosa:
Una habitación en las montañas con vista al mar Caribe, un retiro espiritual desconectados del mundo, un sol que te despierta con los buenos días, un encuentro cercano del hombre con la flora y la fauna, una playa como muy pocas, una cervecita con el viento en la cara, comida para todos los gustos, un buen libro, un no hacer nada, una recarga total… Una Culebra de las buenas.
Al este de Puerto Rico, apenas a cuarenta minutos en ferry desde Fajardo (o Fajaldo en clara pronunciación puertorriqueña) está una isla pequeñita rodeada de unos cuantos cayos, sencilla y acogedora, informal y deliciosa, rústica y singular. Aunque pequeña y con solo unos 1.800 habitantes, Culebra es un Municipio Boricua y tiene su propio Alcalde.
Mi trabajo me ha llevado a conocer y querer a Puerto Rico, algo nada difícil por lo mucho que esa tierra y esa gente me hacen recordar a Venezuela. Estoy incluso trabajando en mi teoría geológica y de movimientos del planeta para demostrar que Puerto Rico se
desprendió de Venezuela y arrancó hacia el norte, por allá por la época de los estegosaurios, pues calza casi perfectamente en un espacio de mar entre Río Chico y Puerto La Cruz, al oriente de mi patria.
Siguiendo el agradable propósito que nos pusimos de conocer a Puerto Rico y, por recomendación de no pocos puertorriqueños, llegamos a Culebra. ¨Tienes que viajar hasta Fajardo¨, sesenta largos kilómetros que nos tomaron cuarenta y cinco minutos, ¿viajar?, así funciona la percepción de distancia de los boricuas, acostumbrados a trayectos en que en 10 minutos pueden pasar de Bayamón a Guaynabo y de Guaynabo a Caguas, mientras los que vivimos en Bogotá en el mismo tiempo a veces nos desplazamos doscientos metros.
Llegamos a Fajardo y directo al terminal del ferry que, como era viernes, estaba lleno de gente con ganas de playa. Como ya teníamos los tickets pudimos ir directo a la fila bajo
sombra para esperar la embarcación y no sufrir por adelantado y sin Banana Boat del sol que les pegaba a los que estaban en la fila de los tickets. Mi hija, mi esposa, mi suegrita y yo navegamos hasta llegar a la Bahía de Sardinas donde se ubica el puerto de Culebra.
Para movilizarnos dos opciones claras, un carrito de golf, lento, sin puertas y sin aire acondicionado, contra un Jeep Renegade rojo con todos las amenidades. No hay que ser un genio para decidir.
Las casitas incrustadas en las montañas se veían hermosas en las fotos de Airbnb y lo eran, seguramente, hace unos quince años cuando la propietaria gringa las acondicionó.
Mis tres compañeras de lujo no pudieron ocultar su sorpresa al dar la vuelta de reconocimiento por la ¨casita de Robinson Crusoe¨. Las pocas sillas desteñidas, la madera de las paredes y el piso pálidas de tanto sol, las ventanas huérfanas de persianas, las sábanas transparentes. Eso sí, seguridad total, con uno de esos candadito de equipaje que cierra la puerta principal.
¿Cuál es la red de wifi? Preguntaron creo que en coro… Armado de valor les respondí que el internet no estaba incluido en este palacio natural, que teníamos que recurrir al papel de los libros si queríamos leer algo y que aprovecháramos la oportunidad para conversar mucho, pero mucho entre nosotros.
Sin pensarlo dos veces, trajes de baños puestos, bajamos por las escaleras de la cabaña pidiendo permiso a las gallinetas atravesadas en el camino hasta llegar a nuestro Jeep y a su aire acondicionado. Arrancando con entusiasmo un fin de semana espectacular.
Zoni beach fue el primer paraíso que visitamos, con un azul mentiroso y una
temperatura que define la palabra perfección.
Flamenco es un kilometro y medio de playa en forma de herradura que TripAdvisor ha calificado entre las más bellas del mundo, no le quito razón, además es las que tiene más comodidades, frituras para comer,
cervecitas, sombreros, servicio de sombrilla y sillas que impensablemente termina a las cuatro y media de la tarde dejándote a merced del sol. Hasta un tanque de guerra abandonado en la orilla que aún no me explico cómo llegó allí, ni lo extraviado que puede haber estado su conductor al llegar a hacer guerra en un sitio que transpira pura paz.
El clima una delicia, calor culebrense. Aunque a veces caen esos breves pero bravos chaparrones del Caribe, dejando empapados a aquellos que eligieron el carrito de golf como medio de transporte. Parte de la diversión supongo.
Le dimos la vuelta completa a la isla en el Jeep esperando encontrar infructuosamente un casino para entretener a mi suegrita. En esos paseos vimos varios hoteles que aunque sencillos presentan todas las comodidades en caso de que alguien no quiera utilizar nuestra cabañita.
Para comer gourmet visitamos El Edén que sin muchas pretensiones brinda una experiencia que hace honor a su nombre. Una tarde al regresar de la playa llegamos al
Dinghy Dock en el happy hour, traguitos, buena comida y partida de cartas al borde deuna bahía inmensa mientras llegaba el atardecer. Cerramos en la calle principal con el lado italo americano de Culebra en Heathers Pizza.
Tan buena o mejor estaba la comida en nuestro palomar en la montaña, tanto así que nuestra amigas las gallinetas violaron en múltiples ocasiones el fuerte candado y subieron impertinentes a probar nuestro corn flakes y nuestras Oreo. Nada como levantarse en la mañana y que la fauna tenga tu cocina invadida.
El sol en Culebra sale a las cinco y media de la mañana, nuestro cuarto lleno de ventanas en la parte alta de la casa nos lo recordó todos los días, sacándonos de la cama para
llegar al mejor sitio de la casa: la terraza. Con su vista a la bahía nos puso en primera fila para el amanecer, nos ofreció un ventilador natural al llegar de la playa, un espacio privilegiado para acompañar una cerveza con un libro en la
otra mano, un spot para las fotos, un salón con el cielo como techo para conversar con mis víctimas en este viaje. Un espacio para no hacer nada y descubrir otra vez el inmenso placer de hacer exactamente eso, nada de nada, solamente respirar.
Así es Culebra y creo que su nombre lo lleva bien. Nada de publicidad engañosa. Es una de esas culebras que te pueden enrollar y complicar con algunas incomodidades, que te aprieta de gusto con sus playas, que no envenenan pero si hechiza, que al verte a los ojos te hipnotiza y te enamora invitándote a gozarla, a comprenderla y a repetirla. Yo me declaro culebrense si este municipio me acepta.
Una Culebra de las buenas…