En un supermercado moderno, el de los portu-venezolanos, que, como el país, se quedó congelado veinte años atrás, un señor hacia el final de sus ochenta, flaco, muy flaco, solo, solito, con una tristeza indescriptible en los ojos y una resolución incomprensible de seguir hacia adelante sin importar qué, hace fila para pagar una cebolla, un tomate y un paquete de pepitonas congeladas.
Hace no tanto, digamos a sus cincuenta, no imaginaba ni en la más terrible pesadilla una realidad así. No tanto por lo fea sino por lo impensable. Imaginaba otra vejez, no llena de lujos, quizá unos pocos, pero sí de sentido, significado y dignidad.
Se imaginaba en casa, en su mecedora leyendo El Nacional del domingo, escondiendo las comiquitas para leerlas antes de que un enjambre de nietos se la arrancaran de las manos.
En la fila muestra una maraña de billetes arruinados como su patria, preguntando si esos tres mil alcanzarán para llevarse las pepitonas, el tomate y la cebolla. La gente responde tartamudeando que sí. Quién puede responder seguro cuando nada se entiende, empezando por inflaciones que pasan del millón por ciento, ¿cómo se come eso? ¿qué calculadora aguanta esos números?
Se imaginaba como el héroe de sus nietos cuando sonara la musiquita del camión de los helados, dándole un par de billetes al mayor y más responsable que correría entusiasmado y empoderado con todos los demás atrás a encontrarse en la esquina con tan dulce sabor para refrescar la tarde y la vida.
Con la sabiduría de los años y la creatividad de vivir aquí, explica que el tomate y la cebolla bien picaditos se los va a poner a un arroz que le queda en casa… Las pepitonas son el toque gourmet revolucionario que completan su deprimida paella que será su almuerzo en los siguientes tres días.
Alguien se atreve a sugerirle que las sardinas son mejores que las pepitonas, por el omega tres, como si al señor eso le importara a estas alturas del partido, y porque tienen más sabor. El señor nos rogó que le guardáramos el puesto en la fila, sólo para volver al poco rato con la misma bandeja de pepitonas heladas pues, como era previsible, no había sardinas.
Se imaginaba sentado en el puesto de cabecera de su orgulloso comedor, en medio de un diluvio de conversaciones a su alrededor, mientras disfruta de un pabellón criollo que está para chuparse los dedos y una Pepsi con mucho hielo, algo ansioso porque sueña con llegar al quesillo que hay de postre.
Habla con todos en la larga y lenta fila. De lo que sea, sobre todo de los precios, de lo jodido de la situación y de los hijos que se fueron con sus nietos. Llena su soledad conversando con la gente alrededor que en su mayoría oye, pero no escucha, cada quien consumido en sus propios pensamientos y pesares.
Se imaginaba viajando con su esposa a ver a su hija en Barquisimeto, pasando una temporada en Valencia con los cuñados, disfrutando de otras vacaciones en sus queridos páramos merideños, recibiendo el año en familia con los pies en la arena en su casita en Morrocoy, conversando sabroso de tantas cosas de la vida, lo bueno y lo malo, las anécdotas de tantos años. Caminando tranquilo por el Parque del Este para tomarse un marroncito con los amigos de siempre.
Llega a la caja registradora y todavía le sonríe a la cajera que tiene la mitad de su edad, le cuenta de sus planes gastronómicos con su minúscula compra, a punto está de invitarla, pero la realidad y lo escaso de su arrocito le hace morderse la lengua. Ella mientras tanto desembojota los billetes, pone la compra en una precaria bolsa y se prepara a atender al próximo viejito de la cola.
El, aún y ahora, siempre optimista, siempre venezolano, se imagina que aún hay esperanza, con arroz con pepitonas, sin pabellón y sin quesillo, pero con la más perseverante de las esperanzas.
Muy triste y real, pero ahora con la esperanza de que todo va a mejorar, Dios mediante!
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