Un fin de semana de enero, pegado a su televisión de trece pulgadas, Manuel, con las pulsaciones arriba de pura emoción, miraba a su héroe Lionel haciendo maravillas con un balón en los pies, dejando a sus rivales atrás, haciendo pases por espacios inexistentes, disparando a gol con fuerza y efecto, obligando al arquero a volar cual Superman.
Manuel no sólo miraba la pequeña pantalla, también grita, levanta los brazos, cierra los puños, sufre cuando un rival patea a su héroe, aplaude, celebra, acompaña a Lionel desde muy lejos, cuando la cámara lo toma de frente le hace un gesto de aprobación con la cabeza, está seguro de que gracias a sus super poderes puede oírle y sentir su apoyo, es que es sobre humano. Imposible explicar o entender los movimientos que hace sobre el césped, deben ser los famosos dioses del Olimpo que le regalaron esas habilidades, ese toque del balón, esa inteligencia, esa capacidad de hacerse invisible y de activar un campo de fuerza que lo protege y lo deja bailar a sus anchas por el campo.
Los noventa minutos a la semana que Manuel puede ver a la super estrella por televisión son su premio personal, su momento de descanso después de tanto trabajo, su oasis en medio de tanto ajetreo e idas y vueltas en su vida diaria. Le maravilla que la vida le
permita esos noventa minutos de su héroe casi todas las semanas, siempre que Lionel juegue y siempre que Manuel puede cuadrar el horario de trabajo con su Supervisor del Supermercado.
Trabaja en el Supermercado La Poderosa, hace de todo un poco, pero más que nada está encargado de que siempre haya producto en los estantes, cuenta cuanto producto va quedando, busca más en el depósito trasero de la tienda, lo repone en su lugar, los gira
para que el frente de las etiquetas de directamente hacia los compradores, se esmera en cumplir lo que ha aprendido después de tantos años y se enorgullece de que su labor sea impecable. Así, día tras día, producto tras producto, busca, trae y acomoda, busca, trae y acomoda.
Un fin de semana de abril, Lionel va irreconocible al Supermercado, mascarilla tapa boca, capucha, gafas protectoras, guantes quirúrgicos, un poco preocupado, bastante ansioso y apurado por volver a casa, pendiente de no tocar nada porque el virus está suelto. En La Poderosa no hay mucha gente, unos pocos compradores con el mismo atuendo de Lionel, las señoras que trabajan en los puestos de pago y los muchachos que acomodan el producto.
Se mueve rápido por los pasillos del supermercado, esquiva gente con ágiles quiebres de cintura cual si estuviera en el campo con el carrito de compras que hoy sustituyó al balón, toma algo de aquí, lo pone allá, cambia de sentido, se devuelve, gira otra vez, sigue adelante. En frente tiene a Manuel que acaba de entrar a uno de los pasillos con una carretilla llena de cajas de productos, el tiempo se detiene casi mágicamente, lo observa trabajando, abriendo con ritmo y velocidad cada caja, mueve sus manos tan rápido que prácticamente son invisibles, saca producto a producto con destreza abriendo espacio en cada tramo del anaquel, reparte frascos, bolsas, latas por todas partes asegurando, con su visión infrarroja, que queden derechos y bien puestos, casi simultáneamente recoge las cajas vacías.
La mirada atónita de Lionel se encuentra de pronto con la de Manuel, lo ve fijamente y mira en él unos ojos contentos por la labor realizada, ojos cansados porque ya van muchas horas seguidas trabajando, ojos valientes que, aunque saben que el virus está suelto, primero deben cumplir con su misión, mucha gente depende de eso, tanto los que van a comprar como su familia que, resguardada en casa, cuenta con el sustento que él va a llevar. En apenas segundos todo esto pasa por la cabeza de Lionel. Mientras tanto, Manuel también lo ve, un poco perplejo e intrigado con la mirada de Lionel, qué le pasa a este señor, se pregunta. No reconoce detrás de la capucha, la mascarilla y las gafas a su héroe de todos los fines de semana, aunque algo le dice que en algún lado ha visto a este señor.
Por el contrario Lionel, aunque no conoce a Manuel, reconoce en él al héroe del día, de todos los días, el que está allí para todos, haciendo el trabajo más sencillo, pero también el más importante, movido solo por convicción, compromiso y responsabilidad, quizás sin saber que hoy para muchos es más importante que el héroe de la gambeta… Es Manuel, Super Manuel, el que acomoda los productos en La Poderosa en plena pandemia, valiente, valiente, valiente.
Lionel asiente con la cabeza y trata de sonreír con los ojos para mostrar su agradecimiento, suelta el carrito y emocionado aplaude a su héroe.
Manuel, que sigue sin entender muy bien que pasa, sonríe, se golpea el pecho con el puño derecho, justo en el corazón, y levanta los brazos como celebrando un golazo en
tiempo extra.
Esta genial!!! Nuestra vida está llena de verdaderos héroes que nos cuesta reconocer.
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Gracias a todos los héroes anónimos que detrás de un tapaboca o máscara nos proveen de servicios y atenciones y a ti por recrearnos a través de tu ilustración y hacernos un importante recordatorio.
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En tiempos de pandemia abrimos los ojos y los corazones para reconocer nuestros heroes cotidianos. Su heroismo siempre seguirá presente…y el reconocimiento?
Ya lo sabremos.
Muchas gracias por compartir este reconocimiento. Me encantó!
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Deberían regalarle a Manuel un TV de 60” 5K Ultra HD… no sé, ese bichito de 13” ya no agarra buena señal.
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